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    TEXTOS EL CAOS SENSIBLE

    El caos sensible

    Por Eugenio Viola

    Ana María Rueda: “El Caos Sensible”

    El Caos Sensible es la primera exposición institucional dedicada a la obra de la reconocida artista colombiana Ana María Rueda, y despliega la profundidad y evolución de su práctica multidisciplinaria a lo largo de más de cuatro décadas, desde sus pinturas fundacionales de los años ochenta hasta nuevas obras ambientales creadas especialmente para esta muestra. Tomando su título del libro seminal de 1962 de Theodor Schwenk, la exposición ilumina la profunda exploración de Rueda sobre las fuerzas fluidas y formativas de la naturaleza, en resonancia con las ideas de Schwenk acerca de los patrones rítmicos del agua y el aire como arquetipos unificadores que sostienen los sistemas interconectados de la vida.

    Como una de las voces más significativas del arte contemporáneo colombiano, la práctica poética de Rueda explora los vínculos intrincados entre el cuerpo humano, la tierra, el territorio, las plantas y los paisajes. En el centro de su visión se encuentran temas como la reciprocidad, la interdependencia, la vulnerabilidad y la resiliencia, que la artista entreteje en ecosistemas visuales que interrogan nuestro lugar en el universo frente a las dinámicas siempre cambiantes de la naturaleza.

    La obra de Rueda evoca con frecuencia texturas y procesos orgánicos, a través de superficies estratificadas que remiten al suelo, las raíces o los líquidos en movimiento. Transforma materiales cotidianos como la gasa, la arcilla, el alambre, las ramas y el yeso en potentes metáforas de interdependencia y fragilidad. Desde sus primeras pinturas de Agua y Tierra de los años ochenta, pasando por series fotográficas como Yo también soy el otro (2011), hasta instalaciones inmersivas como Primeras gotas de agua sobre hierba seca (2023), sus fuentes de inspiración provienen de ríos, piedras, jardines y ciclos naturales. A través de ellas, Rueda explora nociones de ruptura, sanación y renovación, revelando una belleza y una resistencia sutil frente a la pérdida, la fragilidad ambiental y el borramiento, temas que resuenan profundamente con la mirada filosófica de Schwenk.

    El libro de Schwenk, fundamentado en la observación goetheana y en los principios antroposóficos de Rudolf Steiner, plantea que el agua y el aire exhiben patrones sensibles y rítmicos —como espirales, meandros, vórtices y oscilaciones— que no constituyen un caos aleatorio, sino fuerzas arquetípicas que dan forma a la biología, la geografía e incluso a los ritmos cósmicos. Esta comprensión del “caos sensible” de la naturaleza establece un puente conceptual con la obra de Rueda, donde la fluidez y la sensibilidad se manifiestan como elementos esenciales.

    En la investigación artística de Rueda, estos principios funcionan como un marco interpretativo: sus instalaciones estratificadas y translúcidas evocan las membranas sensibles de la piel, la tierra y el territorio, registrando huellas de contacto y movimiento, de manera similar a las descripciones de los flujos de agua en Schwenk. El agua misma —evocada a través de metáforas, imágenes fluviales o las cualidades dinámicas de los materiales— emerge como un elemento vivo que envuelve, moldea y conecta todas las formas.

    En última instancia, esta exposición celebra cuarenta años del compromiso inquebrantable de Ana María Rueda con el pulso vivo y rítmico de la naturaleza: ese mismo “caos sensible” que Schwenk identificó como el orden arquetípico oculto bajo la apariencia del desorden. En una era de acelerado colapso ecológico, El Caos Sensible se erige como un llamado a despertar, a reaprender cómo habitar el mundo desde —y no en contra de— la inteligencia rítmica de la vida.

     



     

    Por Inés Arango Guingue

    1. Caosmosis

     

    Esta gran pared presenta una amplia selección de pinturas tempranas de Ana María Rueda desde 1979 hasta 1996, con tres series pictóricas, Horizonte, Flora y Resonancia. Estas configuran una vista panorámica de los primeros años de práctica de la artista, desde su comienzo en Francia, hasta el desarrollo posterior de su obra al volver a Colombia en 1980. En las tres, el uso de los elementos primarios de la naturaleza (tierra, fuego, aire, agua) es un vehículo de reflexiones espirituales. En este cuerpo de obra hay un entendimiento de la imagen más allá de lo conceptual: se busca que las imágenes resuenen, se queden con el espectador y tomen sentido de acuerdo al mundo interior de cada uno. Hay, por lo tanto, una responsabilidad con la audiencia, aunque Rueda trata con el conflicto colombiano y la catástrofe ambiental, su compromiso es no saturar el imaginario colectivo de más violencia.

     

    En Horizonte (1979-1981), Rueda rehace obsesivamente la línea que separa el cielo y la tierra como fruto de una meditación metafísica sobre los dos elementos que se tocan y crean el mundo—tierra, aire, arriba y abajo. Juntos evocan, para la artista, el infinito en su inacabable e inasible expansión. Esta serie marca tanto la consolidación de un orden metafísico dentro de la práctica de Rueda, como el contexto en el que se llevará a cabo la gran ruptura emocional y formal en su retorno a Colombia.

     

    Flora, pinturas de árboles muertos, semillas y flores, surge después de este retorno al país natal: en la década de los ochentas, el conflicto colombiano entraba en un recrudecimiento catalizado por el boom del narcotráfico. La vida a la que la artista volvió en Bogotá era ahora radicalmente distinta a la que había dejado diez años antes: la pobreza era evidente, la violencia ubicua y esto parecía reflejarse en las imágenes de catástrofes ecológicas, producto de un nuevo orden mundial arrodillado al consumo sin mesura. Sus árboles rotos, semillas y flores, sin contexto dentro de un paisaje o ecosistema específico, no solo reflejan la aridez de un futuro sin esperanza: Muy al contrario, las semillas, siempre árboles en potencia, y algunas ramas con retoños, delinean un camino hacia la renovación. Flora es una meditación sobre la posibilidad de sanar y reconstruir, resaltando el infinito ciclo de la vida.

     

    Resonancias, presentada por primera vez en Galería Garcés Velásquez en 1989, fue pensada como una gran instalación de pinturas en donde la repetición de motivos naturales y del color blanco, en palabras de la artista, “creaban un eco visual en el espacio de lo intangible, lo transparente y lo voluble”. Por primera vez en la obra de Rueda, aparece la expresividad del color en su dimensión simbólica y cultural.

     

    1. Consonancia

     

    Esta instalación de veintidós pinturas doble faz pintadas a mano y suspendidas sobre ramas de árbol es la pieza central de esta exhibición.

     

    Comisionada especialmente para El caos sensible, Consonancia juega con la tipología de la bandera—un objeto asociado a la conquista, la guerra y el poder sobre la tierra— transformándola en sutil gesto de resistencia. En lugar de emblemas militares o colores patrióticos, combinan pinturas de flores con corrientes marinas, mapas de batallas históricas, o constelaciones siderales.

     

    En homenaje a artistas clásicos de la historia del arte, cada flor ha sido tomada de una pintura histórica en la que se entiende este elemento natural, más que como un ornamento, como una ofrenda de belleza y como símbolo de reafirmación de la vida. Rueda dice: “Retomo las flores como un tributo a la creación, a la maravilla de los instantes que revelan el deseo de un nuevo mundo, un llamado a mirar con detenimiento aquello que muchas veces pasa inadvertido.”

     

    Con las corrientes de agua, fundidas en los mapas estratégicos de combates del pasado, Rueda propone una visión armónica del arriba y del abajo: nada se mueve en la guerra, la vida o la muerte sin que se mueva también en el agua, el aire y la tierra. Las dos caras de las pinturas refuerzan este mensaje: reposando despreocupadamente sobre una rama, ni el arriba, el abajo, el detrás o el delante es más importante. Están siempre en consonancia.

     

    1. El otro en el jardín 

    La reconstrucción del sentido de pertenencia en contextos de desplazamiento forzado ha sido una preocupación constante en la práctica de Rueda. La sala se abre con la instalación ambiental Primeras gotas sobre hierba seca y el video Mi cielo, dos obras que recurren a la metáfora del jardín interior como santuario de arraigo en la propia psique. Se dirigen a los migrantes y a quienes han sido afectados por una interrupción trágica en sus vidas, ofreciendo una imagen poética de esperanza.

    La serie Yo soy también el otro invierte la mirada hacia quien sí pertenece y se enfrenta a la presencia de un extraño, ante la cual puede optar por la indiferencia o por la empatía. Rueda se inscribe en la ética de Emmanuel Lévinas, según la cual el simple encuentro con el rostro del otro nos hace infinitamente responsables de él y de las consecuencias que nuestras acciones desencadenan en el tejido humano del mundo. Las piedras teñidas de rojo simbolizan un dolor individual, monolítico y hermético a la empatía, mientras que las aguas ondulantes evocan la infinita repercusión de cada acto en el entorno.

     

     

    1. La casa en tránsito

     

    Esta sección de la muestra reúne instalaciones hechas entre 2022 y 2025 que reflexionan sobre el papel de la memoria en la sensación de pertenencia a un lugar y sobre la capacidad de reconstrucción después de la ruptura. En tránsito (2022), Tantas cosas por contar (2025) y Un sueño blanco (2023) se refieren a la domesticidad haciendo uso de materiales y objetos asociados con esos espacios, si bien con un giro inesperado: ladrillos frágiles, baldosas de yeso y repisas de madera hechas para cargarse a los hombros.

     

    Los materiales, escogidos para poner en marcha un acto de reparación, hacen énfasis, según la artista “en lo frágil y lo fuerte en lo frágil: lo roto que se repara, lo quebrado que se rehace sin ser sustituido. Busco un lenguaje que comunique lo fluido en lo sólido, lo concreto en lo inasible, la correspondencia entre lo real y lo percibido, entre lo que pienso y lo que es.”

     

    • Fuego  en el bosque

    En Fuego, Rueda trabaja con madera encontrada talada en Bogotá y la transforma en esculturas verticales, restituyendo simbólicamente la posición erguida del árbol. Con fragmentos, reorganiza las piezas para devolverles su eje y presencia, proponiendo un gesto de reconstrucción ecológica. El blanco que recubre las formas introduce una dimensión clave: no remite al vacío y a la potencialidad, a un estado de transición en el que lo devastado puede proyectar su renovación.

    En Bosque sin sombra, la artista hace una instalación de fotografías fragmentadas de chapillas de madera provenientes de grandes bodegas industriales. El bosque, desplazado y convertido en superficie seriada, evidencia su explotación. La fragmentación de las diferentes fotografías acentúa la pérdida de unidad, mientras su reorganización en el espacio insiste en la posibilidad de recomposición.

    Ambas obras dialogan en esta sala de configuración triangular que intensifica la tensión entre ruptura y restitución. La espacialidad aguda concentra la mirada y articula un recorrido que va de la verticalidad recuperada de la madera a la superficie fragmentada del bosque industrializado. En este triángulo, figura de tensión y equilibrio, las piezas se unen en una reflexión ecológica sobre la pérdida, pero también sobre la capacidad de devolverle el sentido a lo roto.

     



    Por Eduardo Arias Villa

    Revista Cambio

    https://cambiocolombia.com/cultura/articulo/2026/4/ana-maria-rueda-miradas-naturaleza-memoria-alma-humana

     

    El caos sensible, que se exhibe hasta el mes de julio en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), es una exposición permite reencontrarse con la obra versátil, variada y a veces arriesgada de Ana María Rueda. Se trata de una muy completa revisión antológica de su obra, que retrata de cuerpo entero a una creadora que detesta permanecer en zonas de confort.

    Ana María Rueda ha sido muy reconocida por su versatilidad en medios como pintura, grabado, escultura, fotografía e instalación. Nació en Ibagué en 1954. Entre 1974 y 1979 estudió Bellas Artes en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes en París y a partir de 1976 su obra ha sido exhibida en exposiciones individuales y colectivas en Colombia y en otros países. A lo largo de su carrera ha abordado la conexión entre la naturaleza y la experiencia humana.

    Al comienzo fue la pintura

    Caosmosis es una serie de pinturas colgadas en una gran pared en las que se exhiben pinturas que realizó entre 1976 y 1994, y que pertenecen a tres series: Horizonte, Flora y Resonancias. “En esa época ya mostraba interés en los elementos tierra, agua, aire y fuego, Utilizo formas simples para hacer visibles algunas maravillas de la existencia diaria tales como el crecimiento y el fluir. Tomo el árbol para hablar de la tierra, pero es una tierra que se eleva, Son germinaciones más que árboles. Es la unión de la tierra con el elemento aire”.

    Entonces surge la flora en su obra. “Entro a la flor por primera vez. Son pinturas de una misma imagen que se repite en diferentes tamaños una infinidad de veces en el espacio expositivo como un eco que queda en la memoria, como un símbolo de vida”. Viéndolo en retrospectiva, estas obras son el origen de lo que vendrá después, de problemáticas de tipo existencial que ella busca poder explorar. “Me doy cuenta de que la naturaleza la he tomado desde siempre como metáfora para hablar de cosas que tienen que ver con el ser humano. Hablo de la vida, la muerte, del eterno fluir, de la renovación”.

    El desplazamiento, un continuo en la obra de Ana María Rueda

    Un tema muy importante en su obra y que está muy presente en la exposición es el desplazamiento. Este proceso comenzó con su exposición llamada Yo soy también el otro. Es una serie de fotografías en las que captó grandes piedras de río a las que les había pintado una raya roja. “Una marca indeleble que señala el dolor que todos llevamos, muchas veces adormecido por una especie de anestesia generalizada, pero visible cuando lo miramos de frente”. Para esta exposición expandió la idea e hizo una instalación con las piedras que están distribuidas en el piso de la sala y dialogan con las fotografías originales.

    Por su parte, Mi cielo es un video que ella presentó hace dos años en la exposición Un jardín propio, en la galería Espacio Continuo, en la que habla del desplazamiento “esta vez desde un jardín metafórico como lugar donde una persona desplazada encuentra un momento de reposo, de tranquilidad, donde se siente menos desesperada”.

    Mi cielo se representa cono un enorme ‘patch-work’. tela de sedas en azul y blanco que cosieron varias personas. “Es el cielo que el desplazado guarda consigo, su tierra que nunca lo abandona”, dice. La idea original era hacer una serie de fotos de la tela sobre un prado verde con algunas flores. “En un instante inesperado, cuando la tela cae y el viento la atraviesa, sentí cómo cielo y tierra respiraban al unísono; ahí comprendí que ese momento solo podía existir plenamente en el video, no en la fotografía”. Agrega que las fotos nunca las he mostrado, porque simbólicamente el video le pareció muchísimo más potente.

    Otra de las obras de Un jardín propio es Las primeras gotas sobre la hierba seca, una gran escultura (o instalación, si se quiere) en la que cuelgan hojas, ramas, semillas y otros objetos. A primera vista parecen fragmentos dispersos de vegetación recogidos del suelo y que el tiempo ha marchitado, pero en realidad se trata de esculturas metálicas que ella elaboró mediante una técnica denominada galvanoplastia, en el que una planta real se sella con cobres y hierros que ella luego pintó. “La pared representa el lugar que otro dejó: un espacio habitado por ausencias, donde el desplazamiento se hace presencia. ¿Cómo se hace para sobrevivir y tener un jardín propio? Realmente con esta obra estoy hablando de un jardín interior. De sanar, de cuidar, de proteger”.

    De mi corazón es una escultura a base de alambre y una cinta bordada con un verso de un poema de William Blake que se llama El tigre: “¿Y qué hombro y qué arte pudo tejer la nervadura de tu corazón?”. Para Ana María Rueda es una manera de plantearse la pregunta: “¿Qué fuerza tengo para sobrevivir, pasar de un lugar a otro y continuar? Porque otro de los fundamentos es que seguimos vivos a pesar de todo”.

    Los hilos conductores de la memoria

    Por su parte, Un sueño blanco es una instalación modular que se puede recorrer, elaborada con cubos de yeso blanco que evocan las baldosas de la casa de Cartagena donde pasó su infancia. “Es una construcción de la imaginación. Pensé en lo que uno guarda en la memoria, improntas que trae de por vida”. Para ello es importante recalcar que las cosas no son realmente como fueron sino como se recuerdan. Por esa razón Un sueño blanco puede verse como un muro, como un conjunto de objetos destruidos o como una casa imaginaria”.

    Otra obra muy llamativa es Tantas cosas por contar, una instalación de nueve metros de largo en la que la artista dispuso fragmentos de cerámica de un filtro de agua que pertenecía a su familia que alguien rompió. Ella guardó los fragmentos en una caja. “Hace un año y medio lo saqué y comencé a ver que tenía las mismas imágenes con las que yo construyo muchas obras, que son las flores, los árboles, la analogía de la roca y también la línea, como cuando yo comencé con los horizontes, que para mí es significa la continuidad infinita”. La manera como dispuso los fragmentos hacen que a lo largo de la pieza se vea una línea recta color café recorrida por un hilo rojo que la atraviesa y la articula.

    En Vínculos, un tejido de hilos rojos hechos a partir de gasa quirúrgica entrelaza pequeños sarcillos que cuelgan delante de una pared recubierta de pintura. “El hilo rojo lo he mostrado como metáfora de la vida, de la unión, tomando ideas de los mitos orientales y griegos del hilo rojo que nos conecta”. Sin embargo, el hilo es difícil de ver porque su extrema delgadez y el color del fondo de la pared, que prácticamente lo camufla, hace que sólo se le note cuando se mira con atención. “Acá el hilo que se hace evidente cuando se toma conciencia de su presencia, tal como ocurre con los vínculos humanos”, señala.

    Esta obra de 2025 está enfrentada a Horizonte, una pintura de 1981 en la que una línea más que evidente (a diferencia de los casi invisibles hilos rojos) marcan su interés por el horizonte, que para ella es la base de su interés por el agua, luego por los cuatro elementos y por la naturaleza en general. Como ella creció en el mar y su padre era navegante, para ella ha sido motivo de muchas reflexiones, ya que el horizonte puede ser un límite o una puerta de entrada al universo de lo no observable, el infinito.

    En tránsito es una instalación en tres dimensiones que se basa en una fotografía de 1928 que tomó el fotógrafo alemán August Sander de un constructor que lleva en sus hombros una repisa con ladrillos que recogió entre los escombros para construir su nueva casa. Ella dispuso los elementos que componen cada una de las repisas tal como aparecen en la foto. “Me es muy importante lo frágil, lo reparado, lo reciclado, cómo construir a partir de algo que ya no está”, explica.

    Una obra comisionada para esta exposición es Consonancia, en la que ella utiliza la bandera, un objeto que suele ser símbolo de dominación, guerra y de demarcación entre ciudades, regiones o países, para pintar en ellas flores. “En esta obra de nuevo quise tomar la flor como símbolo para hablar de la importancia de la vida”. Y tomó flores de obras de arte, muchas de ellas a manera de ofrenda. Está el ramo de flores de Los suicidas del Sisga de Beatriz González, flores de cuadros de Gaugin, Boticelli, Klimt, Warhol… Y en el envés de cada bandera pintó corrientes marinas, constelaciones, mapas de guerras importantes. “En el envés, insisto en las conexiones invisibles que nos unen, aun cuando no siempre seamos conscientes de ellas”.

    El martirio de los árboles

    Fuego en el bosque, del año 2000, evoca la tala indiscriminada de árboles que padeció Bogotá en los albores del nuevo siglo. En el Parque Nacional encontró los árboles caídos. “Yo nunca había hecho escultura. Encontré interesante recibir esos árboles. Busqué taller y ayuda para aprender a curar la madera fresca, secarla y cortarla”. Decidió fragmentarlos para volver a encontrarle la verticalidad al árbol. “Lo hice a través de la idea del fuego como elemento que renueva, que purifica”. En algunas de estas esculturas dispuso dos láminas como si se tratara de un libro abierto. “Un guiño al libro donde se puede leer la vida que existió en estos árboles. Fue una obra dura de hacer, pero en la fragmentación encontré una forma de reparación y un gesto de cuidado frente a la herida ecológica que los atravesó”.

    Muy relacionada con la anterior es Bosque sin sombra, de 2013, compuesta por una serie de fotografías tomadas en unos depósitos de madera en donde el árbol caído está en forma de laminillas listas para la para la venta.

    Al terminar el recorrido manifiesta que en esta exposición antológica encuentra que, a pesar de los saltos en el tiempo, hay un hilo conductor. “Yo no he sido tan consciente de eso porque yo paso de una obra a la otra de una manera casi sistemática, no me gusta repetirme. Me interesa trabajar en algo que me sorprenda, que me enseñe”. Cada nueva idea la lleva a cuestionarse una y otra vez si va por el camino correcto. “Son ejercicios y ejercicios… sí y no y tal vez y puede ser, pero por aquí no, hay que coger por otra rama, revisar y volver. Es sumamente angustioso porque a veces uno cree que sí, pero se da cuenta que sólo fue un impulso y no más. Entonces, tienes que profundizar”.

    Después de esta exposición antológica Ana María Rueda aún no ha decidido qué camino va a seguir. Le entusiasma seguir pensando en la indiferencia, una inquietud que la acompaña todos los días. Pero no tiene prisa. “Yo me demoro, yo trabajo lentamente porque con frecuencia cambio de manera de elaborar la idea, cada vez que emprendo una serie nueva me toca investigar y aprender sobre alguna técnica o manera de hacer dependiendo del material, y lo que yo sé hacer es pintar”, concluye.

     



    Por Soraya Yamhure

    06.04.2026

    https://www.eltiempo.com/bocas/el-caos-natural-de-ana-maria-rueda-entrevista-con-la-artista-colombiana-que-hoy-llena-las-principales-salas-del-mambo-3545726

    Nació en Ibagué, vivió en Cartagena y con su padre navegó sin rumbo fijo en alta mar. Aprendió a dibujar con David Manzur, estudió Bellas Artes en París, fue amiga de Luis Caballero y vivió las fiestas y la generosidad de Fernando Botero en su piso parisino, tuvo un taller cerca de Auvers, donde Van Gogh pintó sus campos de trigo, y en 1980 regresó a Colombia. En casi 50 años de carrera, Ana María Rueda ha tomado la naturaleza como metáfora para hablar de aspectos referentes al ser humano. Su exposición retrospectiva en el Mambo, ‘El caos sensible’, curada por Eugenio Viola, es la excusa perfecta para hablar de su vida y de su deslumbrante recorrido por el arte.

    Recorro la sala Alejandro Obregón del Museo de Arte Moderno de Bogotá con un consejo en la mente del historiador Eduardo Serrano para ver ‘El caos sensible’, la primera exposición dedicada a los 48 años de trayectoria artística de Ana María Rueda, “creo que es una exposición bastante autobiográfica en el sentido de que cada obra revela un momento de su vida”. Serrano —además de ser una figura clave en el ámbito de la plástica nacional—, conoce a Rueda mucho antes de que yo naciera. Fue el responsable de su primera exhibición en el Salón Atenas de 1980 y desde entonces ha seguido su obra de cerca.

    Pero hay que ir mucho más atrás. Todo comenzó cuando al ingeniero Hernando Rueda, recién casado con Marta Corinaldi, le propusieron trabajar en unas nuevas carreteras para el departamento del Tolima. Empacaron maletas y se radicaron en Ibagué. En febrero de 1954 nació su primera hija, Ana María, y a los 11 meses llegó Yolanda. Después, el proyecto del acueducto de Tibitoc los condujo por un corto tiempo a Bogotá y a finales de los cincuenta se trasladaron a Cartagena. Mientras el ingeniero se encargaba de obras de saneamiento y alcantarillado para el centro histórico, y Marta tocaba piano en su casa, Ana María se iba con las amigas de la cuadra a la playa a buscar chichis y a echar cordelito desde el muelle para sacar algún pargo rojo. En ese entonces, la capital de Bolívar tenía pocos yates o embarcaciones de vela. Ana María podría mencionar sus nombres contándolos con una sola mano, pero no es necesario recordarlos. Lo importante es que su papá, desde niño, soñó con navegar libremente a mar abierto y que un día, no sabemos cómo, su esposa lo montó en un pequeño velero que se volvió propio. “Así fue su primera navegada. Aprendió y se enloqueció con la vela. Mi papá era un romántico al que se le escurrían las lágrimas de la emoción de estar navegando”, me cuenta la artista mientras nos tomamos un café con galletas de jengibre en su taller.

    Ana María y Yolanda fueron unas marineras precoces. Arriaron velas y hasta estuvieron frente al timón. Y en esos trayectos empezó a gestarse la cosmovisión de Ana. Durante sus largas horas de silencio el entretenimiento consistía en prestarle especial atención al sonido del viento y del agua que golpeaba la embarcación, así como en pensar el hecho de navegar como una metáfora de vida. Con siete u ocho años, la futura artista observaba alerta la relación entre los elementos de la naturaleza y, mientras tanto, su abuelo Plutarco, un inventor de profesión y otra figura clave de su vida, le regalaba enciclopedias y una cantidad interminable de útiles para plasmar sus ideas sobre papel.

    Río es el título del tríptico de 1980 con el que comienza la exposición. En esta pintura sobre lienzo, Rueda captó con acrílicos y óleos el ritmo, el fluir del agua y la fuerza de la luz sobre ella. No se trata ni del Magdalena ni del Cauca, es el instante del poder de la naturaleza que presenció de niña y que de adulta indagó en textos científicos. “No me gusta hablar de retrospectiva cuando un artista sigue siendo operativo”, me dice Eugenio Viola, el curador de la exposición que, sin un orden cronológico, dispone varios de los hitos de la trayectoria de Rueda en una única instalación ambiental que respira en su pluralidad de medios, es mucho más que pintura, fotografía y escultura. Cuando Viola visitó el año pasado a la artista para invitarla a su primera exposición panorámica encontró sobre su mesa de trabajo El caos sensible, de Theodor Schwenk, un libro que ha acompañado a Ana María durante los últimos 30 años, que se basa en estudios de aerodinámica, y donde el autor habla de los esquemas de la naturaleza y la correspondencia entre los cuatro elementos, tierra, fuego, aire, agua, una constante en el trabajo de Rueda. “Los humanistas decían, en latín, ut pictura poesis, que traduce: como la pintura así es la poesía. Si bien el escritor italiano Alessandro Manzoni decía que los nombres son accidentes, me parecía un diálogo interesante entre el lenguaje verbal de Schwenk y el lenguaje visual de Ana María”, explica Eugenio.

    Los cuatro elementos convergen en el espacio museístico, pero para puntualizar uno de los hitos de su carrera es preciso acudir al último elemento mencionado: el fuego. En 1998, sin buscarlo, Rueda se salió del bastidor y dejó sus pinceles en pausa. Vio que en el Parque Nacional y en algunas zonas verdes de Bogotá estaban tumbando árboles, y ese legado ecologista que le dejaron sus papás, no solo con el mar, sino con la reserva forestal que crearon más tarde en Bogotá, se manifiesta con plenitud en Fuego en el bosque, una de las cinco secciones que componen ‘El caos sensible’. Ana María se ha inspirado en poemas de Piedad Bonnett y de William Blake para construir sus obras, que respectivamente aparecen en Un sueño blanco y De tu corazón, piezas elaboradas en materiales tan disímiles como cerámica y alambre. Finalmente, la instalación que despide al visitante se despliega en banderas que invierten el símbolo de posesión y de conquista territorial presentándose como una ofrenda que utiliza las flores como metáfora de vida.

    Su abuelo paterno, Plutarco, fue inventor y una figura crucial en su camino.

    Fíjate que yo tengo dos influencias muy fuertes y una de ellas es mi abuelo Paco, porque él se pasaba los días armando pequeños zepelines en madera de balsa, muy a la manera de Leonardo da Vinci, inventando máquinas que volaran. Siempre me decía: “mira, en el futuro así se van a mover ustedes los jóvenes”. Todos los regalos que él me hizo en la vida eran enciclopedias y libros de arte. Ve tú a saber por qué.

    Él le inculcó el amor por el arte.

    Por la invención, por la imaginación, por eso que va más allá de lo que necesitamos, de lo que vemos. También me daba materiales, todo lo que tenía que ver con arte, y no porque yo se lo pidiera.

    ¿Cuál es la otra influencia que menciona?

    La otra es el hecho de que fuimos navegantes. Cuando vivimos en Cartagena, hasta mis 10 años, nos montábamos en el barco simplemente por el amor a navegar. Las cosas son como uno las recuerda, no precisamente como son. Mi hermana, mi papá y yo fuimos marineros. Mi mamá, siendo cartagenera, se quedaba en la casa. Es que a los cartageneros no les gusta tanto el sol, prefieren la sombra.

    ¿A qué se dedicaba su mamá?

    Era pianista, melómana. Una persona muy dada a las artes. De hecho, recuerdo que para mi primera comunión le pedí a mi mamá de regalo una caja divina de óleos que ella tenía y me dijo: “no, nena, porque fue el primer regalo que me hizo tu papá. Te la doy el día que cumplas 15 años”. Claro, cuando me la entregó los óleos ya estaban secos. Pero no importa, eso habla de que a los 8 años yo ya quería pintar.

    Y después fue al taller de David Manzur.

    Lo de David es absolutamente extraordinario porque yo era chiquita, tenía 12 o 13 años. Duré como un año rogándole a mi mamá que me dejara ir. Como estaba en el colegio, tenía que ir a clases nocturnas. Ya no recuerdo si alcancé a ir en las tardes. Mi mamá finalmente cedió, porque era para gente mayor. Yo era la menor del grupo. David y yo tenemos una relación de mucho amor. Me exigía mucho y ahí descubrí que era muy buena dibujando. Estuve dos años dándole al dibujo, lo cual le agradecí enormemente porque fue profundizar en la línea hacia donde más se pudiera. Es un maestro importantísimo para mí porque sus clases me sirvieron muchísimo para entrar con muy buenas aptitudes a la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes en París.

    ¿Cómo eran los ejercicios en el taller de Manzur?

    Los recuerdo de memoria. Él tenía ciertas fórmulas para el cuerpo humano, tenía una manera de manejar la línea, una línea con acentos, una línea muy bella. En la adolescencia, como ya tenía cierta idea de dibujar, mi mamá me decía que diseñara la ropa que me quería poner y ella me la mandaba a hacer. Inspirada en Mary Quant, dibujaba minifaldas y botas blancas de charol de caña alta. Aprendí a coser e incluso hice vestidos de baño, biquinis para mis amigas del colegio con retazos de tela.